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En el tratamiento de la obesidad, así como para la pérdida de peso, es necesario utilizar prácticamente la misma fórmula: «dieta hipocalórica», entre un 90 a 95% de las personas que la practica o se somete a una dieta, fracasa y por el contrario, hasta dos tercios de esa población gana más peso del que tenían antes de iniciar la dieta. Pero, ¿por qué sucede esto? Las actuales evidencias nos indican que el uso de dietas enfocadas a la pérdida de peso no trae mejoras en la salud física y mental; por lo que es posible considerar que un déficit calórico es fisiológicamente inadecuado en la pérdida de peso.

Evidentemente la obesidad es derivada por un superávit calórico, el organismo mediante la sensación de hambre solicita más calorías, es indispensable entender principalmente este hecho y con respecto a ello determinar tratamientos e intervenciones nutricionales. El modelo actual de la dieta hipocalórica tiene el enfoque de contar calorías considerando a nuestro cuerpo como un organismo pasivo o un sistema cerrado que consume y gasta energía.  Todos los resultados derivados de los estudios expuestos en el Manual de psicología de la salud (Amigo, I., Fernández, C. & Perez, M., 2003), cumplen con la primera ley de la termodinámica, demostrando que nuestro organismo tiene varias y diversas formas de alterar el gasto energético independientemente de la actividad física; y al mismo tiempo demuestra que, al modificar la energía que recibe «alimentación» o alterando las reservas energéticas «grasa», el organismo intentará regularse y adaptarse a estas nuevas condiciones «instinto de supervivencia». En un comentario de Nature Medicine, explica de mejor forma este hecho:  ‘’los esfuerzos voluntarios para reducir el peso son resistidos por potentes respuestas biológicas compensatorias” (Friedman, 2004).

Entender estas respuestas biológicas y utilizarlas en favor de la pérdida de peso podría ser más eficiente que los esfuerzos voluntarios de las personas, el hipotálamo es nuestro regulador energético y determina nuestro «peso ideal», ya que regula y defiende nuestros niveles de energía «grasa»,  esto se define como set point o «punto de ajuste»; esto quiere decir que podemos alterar las calorías de entrada y salida en ciertos rangos, pero al momento de rebasarlos, el hipotálamo se resistirá mediante respuestas biológicas compensatorias para mantener el set point, en este momento participan muchas hormonas y señales químicas, donde los principales actores son la leptina y el hipotálamo.

La leptina es segregada principalmente por los adipocitos y nuestro cerebro la utiliza para interpretar la cantidad de energía que tiene nuestro cuerpo, por lo que el hipotálamo responde a esta información mediante el hambre y el gasto energético. Cuando los niveles de leptina bajan, nuestro organismo responde con sensaciones de hambre y reduce su metabolismo con el objetivo de conservar la energía hasta recuperar el nivel energético por medio de la alimentación mandando la sensación de saciedad cuando ésta se recupera. El set point es modificable, nuestros alimentos «los cuales están disponibles y a nuestra disposición cuando lo deseemos» así como nuestros hábitos y estilos de vida lo han alterado. El principal desajuste ocurre en la leptina provocando que seamos resistentes a ella.

Al perder sensibilidad a la leptina, nuestro cerebro la solicita a niveles más elevados que le ayuden a interpretar que tenemos suficiente energía «grasa», esto quiere decir que nuestro organismo necesita mandar más señales «gritar más alto» para que nuestro cerebro lo escuche, por consiguiente, el cuerpo empieza a tener exceso de grasa, pero el cerebro lo interpreta como un déficit, provocando que el set point se eleve y se ajuste a esta condición, por lo que los nuevos kilos extra serán el nuevo nivel de grasa que el hipotálamo tratará de mantener a toda costa. Los estudios que expone el Manual de psicología de la salud (Amigo, I., et al, 2003), demuestran que los pacientes o sujetos sometidos a una dieta hipocalórica en las primeras semanas tienen una pérdida de peso significativa, pero al regresar a la dieta original, los sujetos recuperaron el peso perdido y más regresando a su set point original.

En conclusión, la dieta hipocalórica ralentiza el metabolismo como instinto de supervivencia para conservar energía por lo que cuando se regresa a la misma ingesta calórica se hace con un metabolismo más lento por lo que el cuerpo acumula más grasa que al principio.

La mayoría de las dietas actuales, tienen como objetivo y/o tendencia la pérdida de peso, por todo lo antes expuesto, se demuestra el por qué las dietas tienen un historial de éxito tan pobre a largo plazo, así como efectos adversos sobre la salud, de acuerdo a la teoría de la restricción alimentaria (Herman y Mack, 1975) donde se menciona que los sujetos que están en un proceso continuo de dietas para regular su ingesta calórica se apegan en mayor medida a creencias de lo que se debe hacer, que a considerar y a tomar en cuenta otros factores como el hambre, la saciedad, la heredabilidad de la obesidad, la biología sobre la regulación del peso, la fisiología del metabolismo energético, factores emocionales y psicológicos.

Es decir, la obesidad es una enfermedad multifactorial, por lo que, las personas que se someten a algún régimen alimenticio o dieta para perder peso y modificar su aspecto físico, suelen radicalizar su alimentación y a realizar prácticas riesgosas comprometiendo su salud física y mental, dirigiéndolos muchas veces a desarrollar trastornos en la conducta alimentaria «TCA», como los son la anorexia nerviosa, la bulimia o trastornos por atracón.

Los TCA

Los trastornos se desarrollan debido a varios factores, la presión social, la percepción de la autoimagen, estados de ánimo y  las salud psicológica; estos provocan que la atención se enfoque principalmente en el peso y la imagen, el ambiente donde se desarrollan las personas «familiar y social» tiene un impacto relevante, la sociedad califica a las personas obesas con un déficit de voluntad, considerando que si no tienen voluntad para mantener un peso socialmente aceptable o la capacidad de perder peso, tampoco cuentan con la disciplina o fuerza de voluntad para desarrollar o realizar otras actividades «laboral, físicas, etc.», relacionando mayor obesidad con menor capacidad, se cree que la presión social que los estigmatiza, será un motivante positivo para que puedan cambiar, pero esto produce el efecto contrario, sufrimiento, y aislamiento social, refugiándose en la comida o en caso contrario, a prácticas y conductas radicales, «dietas hipocalóricas, cirugías, exceso de actividad física, etc.» que les ayuden a alcanzar la delgadez e imagen socialmente impuesta y aceptable.

El entorno familiar ejerce una influencia importante y puede ser causante de TCA, reforzando conductas o agravando la percepción que tiene de sí mismo la persona afectada, irónicamente el entorno social y familiar acepta y fomenta malos hábitos, pero por otro lado, castiga, estigmatiza y discrimina a los sujetos o personas que ganan peso más allá del aceptado, generando entornos obesogénicos, que refuerzan aun más los malos hábitos «haciéndolos socialmente aceptables», por lo que debemos revertir estas acciones, aceptando a la gente y estigmatizando el entorno obesogénico, el cual, también tiene un fuerte impacto en nuestra genética.

La aplicación de programas para prevenir trastornos alimentarios, son herramientas que permiten detectarlas de forma precoz y evitar que se desarrollen o en caso de estar presentes que evolucionen a sus etapas más críticas. Dentro de los objetivos de los programas, la educación, el autoconocimiento y la información médico-nutricional son la parte central en la prevención, concientizar y empoderar a la personas con su salud física y mental les permite tomar mejores decisiones sobre su imagen y en sus hábitos, y al mismo tiempo les ayuda a fortalecer sus mentes y psique, haciendo que sean críticas y selectivas ante el entorno social y familiar, evitando que puedan influir en ellas imágenes o estereotipos impuestos por la misma sociedad, la mercadotecnia y la publicidad, permitiéndoles desarrollarse saludablemente aceptándose a sí mismas.

Por lo que derivado de lo expuesto anteriormente, las mujeres en nuestra población tienen el riesgo de desarrollar trastornos en la conducta alimentaria a diferencia de los hombres,  los factores de riesgo «biológico, psicológico, social, cultural» que se expresan en mujeres jóvenes también se expresan en mujeres mayores «30 a 50 años», que hacen suponer de una continuación de un trastorno previo o un inicio tardío de la patología, en este grupo de edad las variables más significantes y que tienen relevancia en la mujeres de mediana edad son la menopausia y la ansiedad relacionada al envejecimiento, suelen ser frecuentes la depresión y las comorbilidades físicas sistémicas: Las mujeres de mayor edad no suelen desarrollar anorexia o bulimia nerviosa, pero tienen mayor probabilidad de desarrollar o presentar trastornos por atracones y otros TCA no especificados, los niveles de insatisfacción corporal son muy similares a la de mujeres más jóvenes, las hormonas tienen un papel relevante en la prevalencia de los TCA, principalmente el estrógeno, que al igual que la pubertad, la perimenopausia existen cambios en  sus niveles derivando en vulnerabilidad para el desarrollo de TCA.

Como conclusión, existe una fuerte relación entre las  dietas y los trastornos alimenticios «TCA», abordar la intervención nutricional a través del conocimiento del set point en el control de peso y tomando en cuenta los factores psicosociales, los cuales, son uno de los factores más relevantes e influyentes en el desarrollo de estas patologías, debido a que nuestra cultura no acepta el cuerpo de la mujer madura, el cual se debe adaptar y ajustar a los patrones socialmente establecidos «silueta juvenil y esbelta», por lo que, en las mujeres se produce una creciente insatisfacción de sus cuerpos, sensaciones de pérdida del control y poder, el cual tratan de recuperar a través de prácticas radicales, que van desde dietas hipocalóricas, exceso de actividad física, limitar grupos de alimentos, ayunos prolongados, así como el uso de sustancias tópicas, fármacos, diuréticos incluso someterse a cirugías, está demostrado que la atención en la imagen corporal y la insatisfacción no difieren en los grupos etarios, pero si tienen un impacto en la autoestima debido a los cambios corporales.

Coach Roberto Guadarrama Gurrola

Soy Roberto Guadarama, preparador físico certificado en CEDPRO: en Entrenamiento Personalizado Fitness, Evaluación Físico Deportiva, Nutrición Elemental para el Deporte y Fitness. Actualmente curso el último semestre en la licenciatura de Nutrición Aplicada. Puedes seguirme a través de mis redes sociales y página web «Sin dieta» a la divulgación científica y coaching en temas de salud y nutrición. Soy un apasionado del trail running así como de las carreras de obstáculos «Spartan Race».

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Bibliografía y referencias:

  1. Amigo, I, Fernández, C & Perez, M. (2003). Control del peso, dietas y trastornos alimentarios. En Manual de psicología de la salud (pp. 45-71). España: Ediciones Pirámide.
  • L. Kathleen Mahan, Sylvia Escott-Stump & Janice L. Raymond. (2013). Krause Dietoterapia. Barcelona, España: Elsevier.
  • UnADM. (s/f). Psicología de la nutrición, Unidad 2. Trastornos y desordenes de la alimentación. México
  • Mann T, Tomiyama AJ Westling E, Lew AM, Samuels B, Chatman J. (2007). La búsqueda de Medicare de tratamientos efectivos para la obesidad: las dietas no son la respuesta. Noviembre 11, 2019, de Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU. Institutos Nacionales de Salud Buscar en la base de datosTérmino de búsqueda Buscar Sitio web: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/17469900

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